Hay días en los que todo parece urgente.
Te levantás y ya estás pensando en lo que sigue.
El tiempo no alcanza, el reloj corre, y vos también.
Salís apurado, caminás más rápido de lo normal, mirás el celular, cruzás sin mirar demasiado.
El tráfico te molesta.
La gente te incomoda.
Cualquier demora se siente como un problema.
Y en medio de todo eso, hay una sensación constante:
llegar.
Llegar a destino.
Llegar a terminar.
Llegar a lo próximo.
Pero…
¿a dónde estás yendo realmente?
Porque muchas veces no es un lugar.
Es solo la idea de que tenés que seguir.
Seguir avanzando.
Seguir resolviendo.
Seguir ocupando cada espacio con algo.
Y sin darte cuenta, pasás todo el día corriendo…
sin haber llegado a ningún lado.
Hay algo curioso en esa urgencia.
No siempre viene de afuera.
No es solo el tráfico, ni la ciudad, ni el ruido.
Es algo interno.
Como si hubiese una voz que no te deja quedarte quieto.
Que te empuja.
Que te dice que no alcanza.
Que siempre falta algo más.
Y entonces acelerás.
Aunque no sepas bien por qué.
Pero si en algún momento frenás, aunque sea un poco…
empieza a aparecer otra cosa.
Un pequeño espacio.
No es espectacular.
No es una solución mágica.
Es apenas un instante donde no estás corriendo.
Y ahí, por un momento, la cabeza baja el volumen.
Respirás distinto.
Mirás distinto.
Estás… un poco más presente.
Tal vez no se trate de llegar más rápido.
Tal vez se trate de preguntarte, en medio del caos:
¿vale la pena ir tan rápido si en el camino me pierdo a mí mismo?
No hace falta cambiar todo.
A veces alcanza con un pequeño corte en el ritmo.
Un momento donde no estás yendo a ningún lado.
Solo estás.
Y quizás ahí, en ese lugar al que no ibas,
empiece a aparecer algo más importante que cualquier destino.
Un poco de calma.
Un poco de claridad.
Un poco más de vos.